La rugosa palma de Castilla, en Valladolid, nos recibía este fin de semana de la Misericordia. Don Luis Argüello, arzobispo de esta diócesis y presidente de la CEE, celebraba con nosotros la misa del sábado y compartíamos una paella solidaria en el polideportivo. El estar en medio de sus diocesanos hace pastores con olor a oveja y ovejas con cariño al pastor.
Por eso, cuando, al final de la primera representación, avisaba a sus fieles, que iban ocupando las butacas para la segunda sesión, -«¡vais a flipar con este musical!»- el comentario del arzobispo sonaba a entusiasmo con Carlo y su autopista al cielo, con nuestros novios que deciden vivir un amor paciente que no queme etapas, con las madres y sus niños de catequesis, con el abrazo que nos espera al llegar al cielo… ¡Gracias don Luis, por su cercanía y por sus palabras de cariño y gratitud!
Ante el Señor, aún sobrecogidos, presentamos a muchas personas que se acercaron a los miembros del elenco en el descanso entre sesiones. Más allá de las palabras amables y las enhorabuenas, hubo corazones abiertos a contarnos el paralelismo entre su sufrimiento personal y lo que acababan de ver en escena. Que una madre nos cuente cómo su hija adolescente, siguiendo el paso de Carlo, le había hecho ver el sentido de la vida, y el de su propia muerte prematura, fue más allá de lo que nosotros podemos abrazar.
Al otro lado de estas experiencias dolorosas, en el hecho de revivirlas con paz y con serenidad al verlas hechas carne en nuestra escena, no está nuestro arte ni nuestra música: sólo puede estar la Divina Misericordia que consuela a esa madre. Testigos somos de esta Misericordia, rezamos por vosotros y agradecemos a Dios la delicadeza de tocar vuestros corazones con nuestras palabras y nuestra música.
¡Castilla: con Unamuno, tu hijo adoptivo, en ti me siento al cielo levantado!























