Para mí ha sido un regalo de Dios poder asistir a este maravilloso musical. El momento en el que, al final, le ponen la chaqueta azul me impactó y me hizo transportarme a Asís, cuando este verano fuimos a visitar su tumba en el jubileo de los jóvenes. Gracias a todos por esta hermosa forma de evangelizar. Que Dios os dé el ciento por uno.
¡¡Muchas felicidades por el musical!! Admiro mucho vuestro entusiasmo en el escenario. Os vi en San Sebastián de los Reyes y hoy en Valladolid me habéis vuelvo a ayudar a crecer en mi amistad con Jesús. ¡¡Muchas gracias!!
Gracias por el musical, gracias por la entrega de todos, por esta obra que muestra como abrir el alma a la santidad a descubrir la grandeza de la entrega entera de la vida al amor más grande, a la muestra de una vida sencilla vivida desde la fe, por hacernos verdaderamente conscientes de la grandeza de la eucaristía, gracias por mostrarnos el corazón de Carlo y el abrazo tan deseado con Jesús.
La rugosa palma de Castilla, en Valladolid, nos recibía este fin de semana de la Misericordia. Don Luis Argüello, arzobispo de esta diócesis y presidente de la CEE, celebraba con nosotros la misa del sábado y compartíamos una paella solidaria en el polideportivo. El estar en medio de sus diocesanos hace pastores con olor a oveja y ovejas con cariño al pastor.
Por eso, cuando, al final de la primera representación, avisaba a sus fieles, que iban ocupando las butacas para la segunda sesión, -«¡vais a flipar con este musical!»- el comentario del arzobispo sonaba a entusiasmo con Carlo y su autopista al cielo, con nuestros novios que deciden vivir un amor paciente que no queme etapas, con las madres y sus niños de catequesis, con el abrazo que nos espera al llegar al cielo… ¡Gracias don Luis, por su cercanía y por sus palabras de cariño y gratitud!
Ante el Señor, aún sobrecogidos, presentamos a muchas personas que se acercaron a los miembros del elenco en el descanso entre sesiones. Más allá de las palabras amables y las enhorabuenas, hubo corazones abiertos a contarnos el paralelismo entre su sufrimiento personal y lo que acababan de ver en escena. Que una madre nos cuente cómo su hija adolescente, siguiendo el paso de Carlo, le había hecho ver el sentido de la vida, y el de su propia muerte prematura, fue más allá de lo que nosotros podemos abrazar.
Al otro lado de estas experiencias dolorosas, en el hecho de revivirlas con paz y con serenidad al verlas hechas carne en nuestra escena, no está nuestro arte ni nuestra música: sólo puede estar la Divina Misericordia que consuela a esa madre. Testigos somos de esta Misericordia, rezamos por vosotros y agradecemos a Dios la delicadeza de tocar vuestros corazones con nuestras palabras y nuestra música.
¡Castilla: con Unamuno, tu hijo adoptivo, en ti me siento al cielo levantado!
Desde el Palacio de Festivales, la bahía de Santander. Tras el telón, más de mil personas por sesión nos acompañaban para disfrutar con las ocurrencias de Carlo, de sus niños de catequesis, de su encuentro con Jesús.
Cruzar España hasta el Cantábrico no es fácil, pero hemos vuelto a casa con la felicidad de haber contagiado de amor por Carlo y por Jesús a muchos. Compartiendo su hogar, su seminario, la Delegación de Pastoral con Jóvenes, con Alberto a la cabeza, nos ha mimado y nos ha acompañado con una sonrisa sincera. Don Arturo Ros, obispo de Santander, nos animó a mantenernos en la brecha (habría que buscarle un papel a don Arturo en este musical…).
El imponente Palacio de Festivales aplaudió a Carlo y nuestros corazones se sincronizaron con cada aplauso. De nuestro corazón al cielo, a Carlo y a Dios, llenos de gratitud. Hay más alegría en dar que en recibir pero, sin buscarlo, recibimos mucho más de lo que damos.
Porque Jesús, al prometer el ciento por uno en esta vida, no exageraba. Porque el don lleva a la sobreabundancia, y ser Iglesia es participar de esa lógica de la generosidad de Dios.
Don Arturo, en su homilía del domingo, nos animaba a vivir lo que cantamos: que la mirada de Jesús nos enseñe a mirarnos. Una vida que mira más allá de lo inmediato, de lo finito (como diría Carlo). Gracias por recordarnos que Jesús es quien sí nos llena. Gracias por sus diocesanos, que lo quieren, y por sus seminaristas, que nos sirvieron al estilo evangelio, y por acogernos en nuestra iglesia (que cambia de lugares, pero siempre es la misma y es nuestra, en primera persona).
¿Llenazo? Sí, de butacas y de corazones. De ganas de cantar a Carlo y su amor por la Eucaristía y por los que viven en los márgenes de nuestra sociedad, pero no en los márgenes del corazón de Jesús.
¡Volveríamos a cruzar España hasta el Cantábrico para encontrarnos de nuevo con Carlo y con vosotros!